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Hoy continuamos con el segundo de los tres domingos de preparación para la Cuaresma. El domingo pasado la Iglesia nos propuso el tema de obrar, y de no procrastinar, ya que el Señor siempre nos espera y nos llama según su voluntad, y nunca es demasiado tarde para comenzar. Este domingo de Sexagésima es muy apropiado a nuestra meditación este año, ya que es el año de San Pablo, y aquí tenemos su propio testimonio, su descripción de su vida y misión y lo que aprendió de ellas.
La Iglesia nos propone la moraleja en resumen en la colecta “Oh Dios, que ves cómo no confiamos en ninguna de nuestras acciones…” ¿Qué quiere decir esta frase? ¿Es un tipo de fatalismo según el cual no somos responsables de nuestras acciones?, como dicen los calvinistas y los musulmanes. ¿O es una llamada al quietismo, que dice, “La actividad natural es enemiga de la gracia, e impide la operación de Dios y la verdadera perfección; porque Dios quiere obrar en nosotros sin nosotros.” Según ellos, sólo tenemos que quedar contentos en nuestra nada, sin ninguna ambición ni deseo, como dicen los budistas? ¡Válganos Dios! La Iglesia ha condenado tales herejías más de una vez. No, esta frase es un resumen de la vida de san Pablo, quien nos cuenta hoy de sus labores increíbles para convertir las almas. Cinco veces fue casi azotado hasta la muerte; tres veces azotado con varas; una vez apedreado; estuvo una noche y un día en lo profundo del mar; en muchas vigilias, ayunos, y mucho más. Pues, él no fue un quietista. Y si aquellos labores no fueron suficientes, además recibió dones milagrosos, fue transportado en éxtasis, habiendo escuchado palabras de sabiduría inexpresables. Pero sus esfuerzos no son la moraleja tampoco. Al contrario, dice, “si quisiere gloriarme, no seré insensato: porque diré verdad”; la verdad que no aprendió en el tercer cielo, sino mientras fue abofeteado por un diablo aquí en la tierra; cual verdad no podía entender, como tampoco nosotros quienes no entendemos la acción de Dios, cuando nos encontramos en tantos sufrimientos, desprovistos de toda inspiración y consuelo. Pero ese fue el momento en que San Pablo estuvo más cerca a Dios; cuando recibió el mensaje de mensajes celestiales; cuando la Verdad misma, le dijo, “Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona.” Y por eso, “no confiamos en ninguna de nuestras acciones.”
Bueno, ya que es difícil entender esto, para nuestra naturaleza caída, tan inclinada a confiar en su propia acción y voluntad para tener todo bajo nuestro control, expliquémoslo más, o sino más bien, escuchemos la explicación de la Iglesia, que definió el siguiente dogma: “Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas y no consiente en que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice, ‘Qué tienes que no lo hayas recibido?’ (1Cor 4, 7); y: ‘Por la gracia de Dios soy lo que soy’ (1Cor 15, 10).” Es una afirmación de la impotencia de nuestra naturaleza caída para hacer obras sobrenaturales, y meritorias, y no una negación del libre albedrío, como dice el mismo Concilio, “ahora bien, por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera, a fin de que de tenebroso se convierta en lúcido, de torcido en recto, de enfermo en sano, de imprudente en próvido. Porque es tanta la bondad de Dios para con todos los hombres, que quiere que sean méritos nuestros lo que son dones suyos, y por lo mismo que El nos ha dado, nos añadirá recompensas eternas.
Y estas enseñanzas son muy prácticas para nuestra labor, y para el fundamento de la humildad y de la esperanza. Recuérdense que nuestra esperanza está fundada sobre la misericordia de Dios y sobre una desconfianza en nuestro propio esfuerzo. Así todos los santos sufrieron noches oscuras, en las que se sentían condenados, abandonados y sin esfuerzo, para purificar sus apegos ocultos a a la voluntad propia y a la confianza en sí mismo. Santa Teresa tenía planeada una lista de penitencias, cuando el día de comenzarlas, se enfermó. Se quejó al Señor por haberle mandado esta enfermedad que le prohibía el cumplir de sus penitencias, pero Él Señor le dijo, “serás una santa según mi manera y no según la tuya. Harás la penitencia de la fiebre.” Los caminos y pensamientos de Dios no son iguales a nuestros. Y los caminos principales son nuestros deberes principales. Acuérdense de que la Santísima Virgen se hizo la santa más elevada en el cielo, por el cumplir de los quehaceres de la casa. Lo importante, pues, es la intención que tenemos, cualquier sea la obra. La Virgen Santísima mereció más gracia cociendo que los mártires en sus martirios. Debemos ser indiferentes a los resultados de nuestras obras, el éxito humano, y hacer las obras por el amor de Dios, como si no hubiera otro premio, dicen los santos. Esta es la única realidad que permanece, y cómo podemos comparar el éxito mundano que es inseguro y dura para uno, por 80 años al máximo, con el éxito espiritual, que dura para siempre. Una gota de gracia obtenida por una obra buena hecha en el estado de gracia, vale más que billones de dólares. En serio. Una es una participación en la vida divina, y dura para siempre, la otra ni toca al alma, que es la sede de felicidad humana, y dura hasta la muerte. Y al fin y al cabo todas las cositas de este mundo serán quemadas por fuego, y reducidas a nada. Sólo el alma delante de Dios permanece.
Rezemos, pues, para que lleguemos santos a nuestro destino. ¿Y cuáles son las resoluciones para alcanzarlo? La Iglesia nos dice, que “la ayuda de Dios ha de ser implorada siempre, aun por los renacidos y sanados, para que puedan llegar a buen fin o perseverar en la buena obra.” Entonces antes de comenzar cualquier obra, debemos de rezar por ayuda. Cuando los sacerdotes rezan el oficio divino, y Uds. Imitándoles con el salterio de los fieles- el rosario, antes de alabar a Dios, piden su ayuda a fin de poder alabarle. “Oh Dios, acudid a mi auxilio; Señor apresuraos, a socorrerme.” Así nuestro Señor nos hace rezar, “no nos dejes caer en la tentación mas líbranos del mal.” San Ignacio propone que recemos cada mañana, “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Y el humilde San Felipe Neri, rezó cada mañana, “Señor, cuida de tu Felipe, pues, de lo contrario, te va a traicionar.” Que sea, pues, el propósito de nuestra Cuaresma de crecer en la humildad, recordando que la meta de nuestros ayunos, además de mortificar la carne, es de sentir nuestra hambre, nuestra sed, nuestra debilidad y nuestra nada. Si, al contrario, es mostrar nuestro esfuerzo, y pararnos el cuello, serán Cuarenta días corrompidos por el orgullo. Como el evangelio de hoy nos enseña, no somos la semilla, ni el sol, ni la lluvia; somos el polvo, que solamente es bueno cuando es dócil y profundo en humildad. Pidamos al santo Apóstol San Pablo, pues, que nuestra Cuaresma sea una imitación de él, llena de buenas obras y penitencias, pero sobre todo, una Cuaresma en que podemos decir con él, “me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso.”
AMDG+
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