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Homilías

Quinquagesima

            Hemos llegado al fin de nuestra preparación para la Cuaresma. El miércoles de ceniza viene, y nuestro ayuno comienza. La Iglesia nos ha preparado en los últimos dos domingos con los temas de obrar, pero con toda humildad, porque, por la gracia de Dios somos lo que somos. Hoy nos enfoca en el tema más importante de todos–la caridad.
           ¿Por qué es tan importante contemplar la caridad antes del comienzo de los sacrificios de la Cuaresma? Bueno, Nuestro Señor nos recuerda hoy que Él vino al mundo para sacrificarse. Y ya que sus discípulos no entendían nada de lo que dijo tampoco, nuestra santa madre la Iglesia nos explica. La caridad, que sube hasta los cielos, exige que sacrifiquemos lo que nos apega a la tierra. Es un fuego que crece a través de la quema de cosas mundanas, que amenazan con destruir la caridad. Nuestra Señora de Fátima dijo que muchas almas están cayendo en el infierno, como la lluvia, por causa de pecados carnales. Por eso la Iglesia ha obligado a sus hijos a través de los siglos a que ayunaran por cuarenta días, y por muchos siglos que se abstuvieran de la carne también, para mortificar nuestros deseos carnales. Pero la caridad es aun más alta que el mero sacrificio, porque podemos hacer muchos sacrificios por motivos aparte de la caridad, por vanagloria o por orgullo, por ejemplo, sin elevar nuestra mente al cielo. Así las Escrituras nos avisan que aunque algunos dan todos sus bienes a los pobres, exponen su cuerpo a las llamas, o hacen milagros con toda fe, o hacen muchas penitencias, pero no tienen caridad, todas esas cosas no les valen nada. ¿Qué es, entonces, la esencia de la caridad?
            La caridad es una amistad con Dios, tanto en sí mismo como a través de nuestro prójimo. Como decimos en el acto de caridad que aprendimos en el catecismo ”Dios mío, os amo  con todo el corazón sobre todas las cosas, porque sois infinitamente bueno y nuestra eterna felicidad: por amor a vos amo a mi prójimo como a mí mismo y perdono las ofensas recibidas. Señor, haced que yo os ame cada vez más.” La amistad implica un deseo no sólo de trabajar por Él, sino además de unirse con Él, y siendo amistad, exige una reciprocidad de los dos lados. Entendemos la analogía en nuestras relaciones ¿no? Hay trabajadores, que incluso viven en la casa, pero no son miembros de la familia; hay varios miembros de la familia, pero un solo esposo o esposa, que es la relación más íntima de amistad (o debe de ser). Si, un esposo sólo trabajaría por su esposa, no quedaría ella tan satisfecha, y ¿cómo sería mejor él que un trabajador de la casa? Es verdad, que “obras son amores y no buenas razones,” pero la obra de amistad se refiere aun más a la obra de una unión más interior. Hay esposos que proveen para la familia, pero no son buenos padres ni esposos. Y a veces trabajan más para evitar el trabajo de una amistad más interior e íntima, que exige más sacrificio de su libertad, pensamientos, tiempo y proyectos personales para dedicarse a la esposa o esposo y su bienestar interior.
            Así es nuestra relación con Dios, que, sí, quiere nuestros sacrificios y labores por su reino, pero aun más nuestro corazón, y los sacrificios sólo tienen valor en este contexto–si proceden del corazón, un propósito de amar a Dios y unir a todos, nosotros incluso con Él. Es el sacrificio más profundo, que Dios exige–amar a Dios con todo nuestro ser, de hacerlo verdaderamente el centro de nuestra vida, de nuestros pensamientos y deseos, en vez de tratarlo como otra obligación, cotejándolo de nuestra lista de quehaceres, visitándole por una hora tan larga, distraída y fría una vez por semana, o haciendo buenas obras con fervor, pero más por nuestra satisfacción y deseo de ser honrados.
            Pues, si estás pensando en lo que puedes hacer durante la Cuaresma, que sea la cosa más importante para mejorar esta amistad de caridad con Dios, esta relación personal, porque la caridad es la vía corta para llegar a la práctica y cumplimiento de todas las virtudes, que enumera san Pablo hoy. Por lo cual dijo San Agustín, “ama a Dios y haz lo que quieras,” que quiere decir que si amas a Dios con todo tu corazón y toda tu alma, vas a hacer lo que es agradable a Él en todas tus obras, según todas las virtudes.
             Y ahora, ¿cuál sería la práctica más importante para aumentar la caridad? Dios dijo a Abrahán “anda delante de mí, y sé perfecto.” “Enoc anduvo con Dios,” y Dios le llevó vivo a sí mismo. La lema de San Elías fue “Vive el SEÑOR Dios de Israel, delante del cual estoy.”  Y un autor espiritual comentando dijo que, “Dios mencionó una cosa sola a Abrahán por que esa contenía todo.” Y “ninguna práctica espiritual es más recomendable que la práctica de la presencia de Dios; ninguna es más útil; ninguna más provechosa para avanzar en la virtud…Con Dios siempre delante de nuestros ojos, ¿cómo no podríamos agradarle y evitar de ofenderle en todo lo que hacemos? Es una práctica tan sencilla, y en su sencillez incluye todos los medios de santificación. Con Dios presente en el alma, nuestros deberes se nos aclarecen en cada momento. Es una práctica tan encantadora. Y ¿qué sería más encantador que el recuerdo de Dios, y qué más dulce a aquel que desee amar a Dios y ser todo suyo. Por fin, es una práctica que el alma generosa solamente podría encontrar fácil.” [1]

             No es de imaginar una cosa que no existe, sino de reconcer la realidad- la omnipresencia de Dios, como tambien aprendimos en el catecismo, según la regunta, “¿dónde está Dios?” “en el cielo en la tierra y en todo lugar” Como nos dice san Pablo, “No está lejos de cada uno de nosotros, porque en Él vivimos y nos movemos y somos.” Y por consiguiente San Ambrosio y San Bernardo concluyen, “Así como no hay punto ni momento en el cual el hombre no goce de la bondad y misericordia de Dios, así no ha de haber punto ni momento en el cual no tenga a Dios presente en su memoria.” San Gregorio Nacianceno dice: Tan a menudo y tan frecuente ha de ser el acordarnos de Dios, y aun más que el respirar.

            Y además de su omnipresencia, como creador y conservador de todas las cosas, está presente de modo especial, por la divina gracia, como el amigo intimo de neustra alma, a quien podemos conocer y amar; más intimo a nosotros que nosotros mismos, dice san Agustín. Esta es la realidad de nuestra vida cristiana; la realidad de nuestra participación en la vida íntima de Dios, en la naturaleza divina, en sus pensamientos y en su voluntad por medio de la divina gracia que nos da la fe y la caridad. Esta morada divina establece la posibilidad de amistad con Dios- una unión íntima y recíproca.

Y para practicar la presencia de Dios, hay muchos métodos. Podemos utilizar una imagen que nos da recuerdo de esta realidad, imaginando a Jesús sacramentado en nuestro interior tal como si hubiésemos acabado recibirlo en la Santa Comunión. Y cómo transformaría nuestra vida el continuar así consciente de la presencia del Santísimo adentro de nosotros! O si fuéramos más extrovertidos pudiéramos conectar la presencia de Dios con el sol, que nos ilumina; con el viento, símbolo del Espíritu Santo; con imagines del Sagrado Corazón, o el crucifijo en nuestro cuarto; por medio de la música sacra. Muy recomendables son las oraciones eyaculatorias durante el día o cualquier práctica que fácilmente nos trae recuerdos de Dios, como leemos en el evangelio de hoy- “Señor, compadécete de mí,” o Acude, ¡oh Dios!, en mi favor, Señor, apresúrate a socorrerme; Mi amado para mí y yo para Él. Y si lo amamos será fácil, ¿no? Los enamorados siempre prestan su atención en sus momentos libres a su amado, viendo su foto, enviándole un mensaje, y así debe de ser con nosotros con nuestro amado Dios. San Basilio pone la práctica de este ejercicio en que de todas las cosas tomemos ocasión de acordarnos de Dios. ¿Coméis?, dad gracias a Dios, ¿vestís?, dad gracias a Dios; ¿salís al campo o a la huerta?, bendecid a Dios que lo crió: ¿miráis al Cielo?, ¿miráis al sol y a todo lo demás?, alabad al Criador de todo: cuando durmiéredes, todas las veces que despertáredes, levantad el corazón a Dios. Como dice el apóstol, Ahora comáis, ahora bebáis, ahora hagáis otra cualquier cosa, todo lo haced a gloria de Dios.

             Y les quiero recomendar además la práctica de la presencia de Dios en nuestro prójimo, que es el objeto secundario de la caridad, como un miembro de Cristo, o criatura de Dios que Él mantiene en existencia en cada momento. Cuando los padres del bebé Tertuliano se encontraban en medio de la destrucción de las iglesias en la persecución de los primeros siglos, se dieron cuenta que todavía podían contemplar la presencia de Dios en el alma de su bebé recién bautizado, que es de veras un templo de la Santísima Trinidad. Esa puede ser la meditación de las madres que tienen que levantarse en la noche para atender a sus hijos. Pueden hacer su meditación a lo menos según el deseo de adorar a Dios en sus hijos. El Señor mismo nos prometió, “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” Es la misma regla que nuestro divino Señor dio a una monjita que le estaba profesando su amor por El, y le preguntaba si fuera posible que hubiera alguien en el mundo con más amor por El que ella. El le dijo “¿quieres saber cuánto me amas?” “Sí mi Señor, decidme” respondiole ella. Y el Señor le dijo “me amas tanto como a la persona que menos amas.” Ya que “el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve.”

El mismo autor que cité, el Padre Raúl Plus, no podía agotar el tema, y escribió varios libros como “Cristo en el alma,” “Cristo en nuestro prójimo,” “Cristo en el hogar,” “Cristo en la educación de los hijos.” Y así pasó su vida contemplando la presencia de Dios en todas las cosas. Hay también el famoso libro del Hermano Lorenzo, disponible en el Internet. Pero cualquier método es un mero reconocimiento de la realidad de la presencia de Dios en todas las cosas y en el alma de los justos. Escuchen las palabras de san Agustín, el converso, que buscaba la felicidad en las cosas de este mundo, Buscaba yo, Señor fuera de mí al que tenía dentro de mí. Dentro de Vos está; más presente y más íntima e intrínsecamente está Dios en mí que yo mismo. Y si lo buscamos lo encontraremos, y una paz que sobrepasa todo entendimiento, la paz que procede de la caridad, y “Dios es caridad.”

Madre del amor puro : ruega por nosotros
+AMDG+

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One Response to “Quinquagesima”

  1. Yo todavía no entiendo NADA de la septuagesima y esos royos :S por fa luego publiquen como esta ese asunto
    desde ponte las pilas jaja

    Posted by Fabiola Mata Orozco | March 11, 2011, 2:28 am

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