Último domingo después de Pentecostés- P. Romo
Publicado el 4 de Diciembre del 2008 en Sermones
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Hemos llegado al fin del año litúrgico, al fin del mundo, y nuestra Santa Madre Iglesia nos propone la consideración del juicio final; cuando Jesucristo vendrá para juzgar todos los vivos y los muertos; cuando todos aparecerán ante Él, no como el Cordero de misericordia, sino mas como el Juez de justicia. En este momento seremos juzgados cada uno de nosotros. Todos nuestros pecados, de pensamiento, de obra, de omisión, serán revelados públicamente, con la suma vergüenza. En ese momento sabremos la realidad del pecado en que traicionamos a la Bondad Infinita, a Jesucristo, que padeció y derramó su sangre divina por nosotros, prefiriendo en vez de a Dios, a una cosita, o a un placer que pasa. Comprendremos lo que Santa Catalina de Génoa comprendió cuando dijo, “cuando tuve la visión en la cual ví tanto que importa la sombra del acto más pequeño contra Dios, no sé porqué no morí. No me pregunto porqué el infierno es tan horrible, viendo que es hecho para el pecado. Pero, aunque es tan horrible, pienso que allí también Dios muestra su misericordia, ya que la sombra de un pecado venial me parece tan terrible.” Y los que quedan en sus pecados oirán la sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles.” Al infierno que San Bernardo describe así, “¡Oh región calamitosa y horrenda…, la tierra del olvido…, de la aflicción…, de miseria y de tinieblas…, en la que hay fuego abrasador, frío rigidísimo, gusano roedor que no muere, hedor intolerable, martillos tundentes, tinieblas palpables, heces de pecados, cepos y cadenas de fuego y horrendas visiones del demonio. Me estremezco de pies a cabeza…, su mermoria quebranta mis huesos…Sé que los que caen en aquel horrendo calabozo acaban sin acabar, mueren sin morir, son atormentados sin interrupción.”
“¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién podrá mantenerse firme cuando aparezca?” Escribió un alma piadosa, la famosa secuencia de este Dies irae, dies illa, (día de ira, aquel día), “Cuánto terror habrá en el futuro, Cuando el juez esté por venir, A juzgar todo con severidad! Entonces, cuando el Juez se siente, Lo oculto se revelará, Y nada quedará sin castigo. ¿Qué diré entonces, pobre de mí? ¿A qué santo rogaré, Cuando ni los justos estén seguros?”
¿Pero, te preguntas ¿podremos arrepentirnos en este momento tan horroroso? No. Ya habremos decidio, si ya hemos amado a Dios sobre todas las cosas, o a nosotros mismos y al mundo sobre Dios. Y luego el mundo será destruido por fuego. Todo habrá pasado. Veremos la vanidad de todo; que todo perece, y sólo Dios y nuestra alma permanecen.
¡Qué horror, qué espanto! Pero hay otra opción. Habrá otro partido en aquel día- los vasos de misericordia, cuyos pecados serán revelados, pero como objetos de la misericordia de Dios, ya borrados por la sangre divina del Cordero de Dios en su vida. Aunque vergonzosos en sí mismos, sus pecados sirvirán la gloria de Cristo Redentor, que ha triunfado sobre sus pecados. Ellos oirán la voz, “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” E irán al cielo, que el mismo San Bernardo describe así, “¡Oh dichosa región, donde moran de asiento las supremas virtudes, donde se contempla cara a cara a la Trinidad… donde los justos son coronados de gozo sempiterno…; donde nada falta de cuanto es apetecible; lugar de suavidad y de dulzura inearrable…, lugar pacífico…donde todas las obras de Dios aparecen maravillosas; lugar de hartura, en donde quedaremos plenamente saciados al manifestársenos su gloria; lugar de la visión, en donde se verá la magna visión. ¡Oh región sublime y repleta de riquezas!”
¿A dónde vamos…? Podemos escoger, si sólo tomamos los medios para llegar. El medio de ir al infierno es de seguir su propia opinión en vez de creer en Dios y seguir la sabiduria de los santos; de seguir su propio gusto en todo y no tomar la de Cristo para agradarle. El camino al cielo está aquí en el confesionario. El confesor, como la Iglesia lo ha definido, representa a Cristo el Juez, pero no para condenar, sino para justificar, para hacernos justos por medio de su misericordia, una misericordia que pedimos para cumplir con la justicia de Dios, con el propósito firme de ser justos en el futuro y no pecar jamás. Ya que todo será revelado en el último día públicamente, mejor revelarlo ahora en el refugio secreto del confesionario, ¿no? Mejor que nos acusemos a nosotros mismos ahora, que el diablo nos acuse en aquel día. Y mencionemos todos los pecados graves como son, según la especie de pecado, para tener una confesión válida y no sagrílega. Por ejemplo robar algo es un tipo de pecado y robar algo sagrado es otro tipo de pecado, porque además es de robar de Dios, y por eso un sacrilegio. También ser casado o no casado puede cambiar la naturaleza de la ofensa, ya que implica además, una infidelidad. También hay que mencionar el numero de veces que hemos cometido un pecado, en cuanto podamos recordar, porque cada uno es digno de un castigo eterno. Si han pasado ya muchos años podemos estimar por el numero de veces por semana o por mes. Y no hay nada que temer, porque el sacerdote no es el Juez mismo, sino es sólo su representante para justificar mientras hay tiempo de recibir el perdón de Dios. A él no le interesa el pecado, sino sólo la solución, y sabe bien que todos somos débiles, y salvo por la gracia de Dios, no hemos hecho lo mismo. ¡Qué dichosa esta oportunidad en que nosotros podemos hacer la acusación y los pecados se quitan y no nuestra salvación. Todos somos pecadores, todos exigen perdón y arrepentimiento, todos somos destinados a la vergüenza del último día. Los elegidos serán los que habrán eligido pedir perdón en el tribunal del confesionario, “en el cual, por su sangre tenemos la redención, y la remisión de los pecados.”
Madre de Misericordia
Ruega por nosotros
AMDG+












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