Sermón- 25 dom. después de Pentecostés- “hombres de poca fe”
Publicado el 5 de Noviembre del 2008 en Sermones
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“¿Qué teméis, hombres de poca fe?”
Hoy leemos en el evangelio un reproche de Nuestro Señor a sus apóstoles, a sus discípulos, que aplica a cada uno de nosotros. Nos reprocha por nuestra poca fe, puesta de manifiesto en nuestras preocupaciones e inquietudes. Cada uno de nosotros sufrimos tales inquietudes. Es algo, de veras, natural, y muchas veces una mera respuesta sicológica y fisiológica a los peligros y males que se nos acercan. ¿Quién diría que el que no se siente preocupado por alguien que está en peligro, ya sea un amigo, un hijo, un esposo, o uno mismo, tiene amor para con esa persona? Esta inquietud normal no es pecado; es una mera respuesta de amor que busca el bienestar de alguien.
Nuestro Señor no nos reprocha porque estemos preocupados; nos reprocha porque nos falta fe. La pregunta es, pues, ¿cómo debemos responder a las preocupaciones en nuestra vida con la fe, o sea, en vista de todas las verdades y realidades de que la fe nos esclarece? Porque ellos, sin la fe, de veras no pueden conquistar su miedo. Trata de distraerse con placeres que pasan, pero al fin, se encuentra solo, desanimado, y pereciendo. Los buenos sufren y mueren; los malos se enriquecen. El mundo es un lugar muy triste, sin razón; ellos abusan las drogas y el alcohol y engañan a sus esposos, para escapar de este miedo existencial.
El hombre que anda por la fe no es así. Él encuentra calma, a pesar de las ondas que cubren la barca de su vida. Digo ‘a pesar de las ondas’, porque siempre hay ondas, ondas que entran la barca del alma, y la perturban, pero no le roban su paz interior.
Entonces, lo que les digo es que es posible que estemos más cerca de Dios, cuando nos sentimos mas lejos de Dios- sin consuelo, sin alegría sensible, pero más arraigados en la fe. ¿Cómo discernir entonces dónde estamos? porque muchos piensan que es un pecado sentirse triste, enojado o sin devoción sensible. ¿Qué nos aconsejan los santos? San Ignacio nos da las reglas de discernimiento para este estado de desolación, que se describe, “como escuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas baxas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor.”
¿Y cuál es la causa? Pueden ser tres, dice. Y en humildad debemos presumir que es la primera que es, “por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros exercicios espirituales, y así por nuestras faltas se alexa la consolación espiritual de nosotros.” Entonces según la luz de la fe debemos considerar si estamos conscientes de pecados o apegos a las criaturas; si leemos libros santos regularmente; si asistimos a la misa siempre cuando podemos; si examinamos nuestra consciencia cada día; si rezamos el Rosario. Si no, allí está la causa de nuestro distanciamiento de Dios. Pero si hacemos estas cosas, la segunda causa de desolación puede ser - el demonio, quien “con permisión divina causa a veces la desolación para hacer caer a las almas y llevarlas poco a poco al pecado.” Debemos examinar entonces si tomamos remedios contra el diablo- el uso frecuente de los sacramentos y los sacramentales de la Iglesia, el agua bendita, la medalla milagrosa, de San Benito, el escapulario, la oración a San Miguel. Pero si los usamos el consejo de San Ignacio es, “Por esta razón es norma muy segura la de no mudar los propósitos;” de no decir, “rezo tanto pero sin consuelo, ¿de qué sirve? Debería dejar el rosario, la misa, los libros para encontrar la felicidad en diversiones.” Porque si el diablo está enojado, estamos avanzando en el camino estrecho. Y la tercera causa está conectada con la segunda, que es Dios mismo, quien quiere probar nuestro amor para ver si le servimos por sus consuelos, como consolación, o por amor de Él. Así los describe San Ignacio, “Hay almas que no saben llevar bien la prueba de la desolación. Llaman fervor a los gustos y consuelos, y hacen de ellos fin de su vida espiritual, sin tener presente que son accidentes secundarios, y que, si es cierto que son medios, medios pueden ser también la carencia de los mismos.” Es la carencia que separa a los niños que toman leche, de los adultos que toman comida sólida; la carencia que nos aleja de nuestros apegos, y nos acerca a Dios; que nos aleja de los consuelos sensitivos para fortalecer la voluntad y el hombre más interior.
Jamás olvidemos lo que es la vida ejemplar del cristiano- Jesucristo, el hombre de dolores, quien gritó “si es posible, pase de mí este cáliz;” quien gritó, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Esta es la promesa de la vida bienaventurada, para ellos que tienen hambre y sed; los perseguidos por la causa de justicia; los que lloran en este valle de lágrimas. Este era el evangelio de ayer, de todos los santos, que nos mostró cómo lograron los santos el reino de los cielos. Es decir que esta vida es nada más que una prueba de nuestro amor para con Dios. Los ángeles pasaron su prueba en un momento; nosotros en unos setenta años. Pero es lo mismo; no somos de aquí, y no fuimos hechos para este mundo. Así nos enseña la orientación litúrgica, ad orientem, que somos peregrinos, de camino al cielo. Así nos enseña el doctor místico, San Juan de la Cruz, “Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.”
¡O María, Madre de gracia, Madre de misericordia: en la vida y en la muerte, ampáranos oh gran Señora!
AMDG+












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