Sagrada Familia
Publicado el 12 de Diciembre del 2008 en General
Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Una gran fiesta para todos porque recordamos que Nuestro Señor escogió la familia como el medio principal para la redención del mundo. No vino como un hombre, sino como un bebé, dependiente de sus padres para vivir, evitar los peligros de este mundo, y ser criado y educado. ¡Qué humilde el ejemplo del Hijo de Dios, quien sin tener que depender de nadie sin embargo se sometió al hombre para quitarnos nuestro orgullo y nuestra desobediencia! Pero además lo hizo para darles a todos una gran confianza, porque lo que Cristo asumió es santificado y consagrado. El estado más común, el matrimonio, ahora es un sacramento, un medio de gracia divina, un vehículo de salvación eterna, si se utiliza como se debe. Un matrimonio católico entonces es un estado sobrenatural. Y todo lo que alguien hace según este estado con esta intención sirve para la santificación. Así nos dice San Pablo hoy, “Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él.” La familia católica es, pues, un medio de santificación que sirve como escuela de practicar las virtudes mencionadas- de “misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad… soportándoos y perdonándoos mutuamente, siempre que alguno diere a otro motivo de queja,” si estamos conscientes de nuestro estado católico, “como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros.” Por eso hay que evitar un cierto naturalismo en el que la familia nunca reza el rosario juntos, que es la recomendación más enfática de los Papas; en el que nunca se reza ni antes y ni después de comer; en el que nunca se habla de la fe ni de la vida espiritual; según el cual el padre piensa que ha cumplido con su deber si ha puesto comida en la mesa, y cada uno sigue a su gusto.
No. La familia católica es un estado sobrenatural. Y cada uno será juzgado según su conformidad con esta realidad. El padre será juzgado como otro Cristo que él representa, la cabeza espiritual de la familia, que es responsable por la santidad de su esposa y de sus hijos. Así dice San Juan Crisóstomo, “Procurad, padres, que vuestros hijos se vistan de las virtudes de Dios más que de sedas… ¿cómo creéis que os van a admitir en el reino de los cielos? Pues qué, me diréis, ¿tendré yo dar cuenta también de la virtud de mi mujer y de mis hijos? ¡Ya lo creo! No te basta con la tuya sola para salvarte. Había un hombre al que le dieron un talento y, porque no adquirió ganancias con él, lo condenaron; pues mucho más que ese talento valen tus hijos y tu mujer.”
La Iglesia repite y repite que los padres son los educadores principales de los hijos. De veras, el fin del matrimonio, es más el educar que el procrear. Porque ¿de qué valen vidas nuevas, si van al infierno, y traen más almas consigo? Sí, los padres pueden utilizar una escuela católica y clases de doctrina que otros enseñan para cumplir con este deber. Pero tienen que verificar que son clases buenas, y ¿cuántos cuentos he oído al contrario? Y por otra parte no sustituyen al deber entero, porque ¿dónde pasan los hijos la mayoría de su tiempo? ¿Quién tiene la oportunidad más frecuente de instruirlos por medio de palabras y, más importante aun, por medio de su ejemplo? Y válgalos Dios a los padres que permitan que el televisor sea el educador, la voz más escuchada por los hijos. ¿Cuáles son los valores y costumbres que aprenden de Hollywood? Así les digo en serio, que los padres serán juzgados según esta responsabilidad principal de su vida. El matrimonio no es un estado de entrar a la ligera. Almas dependen de su cargo. Tal como los padres, así serán los hijos, con los mismos vicios o las mismas virtudes. ¿Cuántos santos tuvieron una madre santa, de quien recibieron su inspiración? ¿Cuántas vocaciones religiosas y sacerdotales, que son la gloria de la familia católica, vienen de padres que tratan de ser santos? Por eso cuando alguien nos pide un bautismo, nunca lo hacemos antes de haber verificado que los padres practiquen la fe, y además de que hayan compadres involucrados, ya que la consagración de un niño bautizado es para siempre y exige una conformidad con Cristo para entrar al cielo. ¡Qué triste sería recibir la gracia de Dios en vano; si un miembro de Cristo se pierda en los fuegos eternos! Y hoy día hay muchísimos peligros: el de la moda con la cual muchas muchachitas sin tener vergüenza alguna inspiran pecado y matan almas; el peligro de las drogas, el del ocultismo, el de música centrada en “la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida.”
No digo todo esto para que nos avergonzemos. Es una llamada para imitar a Dios, el Padre celestial, que quiere que participemos en su paternidad, quien nos dio nuestra libertad para perfeccionarla con la verdadera libertad sobre nosotros mismos, que sólo los virtuosos disfrutan. No hay un derecho ni una libertad para pecar, que es un abuso de libertad que sigue a la esclavitud. Y cuando los hijos obedecen a sus padres, obedecen al Señor, de quien viene su autoridad. Cuando la esposa se somete a su marido, se somete a Cristo, y cuando el hombre prefiere cuidar de su esposa y de sus hijos en vez de su propio gusto, cuida de la Iglesia, los miembros de Cristo. Y podemos hablar más de los deberes de cada uno, pero más le hablo a los maridos, quienes si fueran otros Cristos, encontrarían esposas más marianas, felices, sumisas con confianza en su marido; hijos que miran a su padre para imitar su buen ejemplo de cómo ser un hombre, hijas que lo miran para ver qué tipo de esposo futuro deberían buscar. Y si Uds. se sienten angustiados cuando consideran el bienestar de sus hijos y sus obligaciones serias para con ellos, tienen la respuesta correcta–la misma de San José y de la Virgen Santísima. Pero lo más importante es imitar su reacción, de buscar a Jesús, que se encuentra en el templo del hogar. Ningunas excusas, nos santificamos por la voluntad de Dios según nuestro estado de vida, y no en una fantasía. Dios da las gracias necesarias–“buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” El plan para una familia santa y feliz no es complicado. Estudiar la fe, enseñar la fe, leer las vidas de los santos, practicar la fe, y evitar el mal, especialmente las ocasiones de pecado. De tu generosidad depende el aumento del reino de Dios, y la salvación de tu familia, y la continuación de la redención del mundo, que comenzó con una familia.












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