Reflexión sobre el día de los difuntos

Publicado el 4 de Noviembre del 2008 en Sermones

Reflexión sobre el día de los difuntos 2008 

En este año, el día 2 de noviembre coincidió con el día domingo, en la forma extraordinaria del rito Romano, el 4o domingo trasladado después de Epifanía. Mientras se podía celebrar la Conmemoración de los Fieles Difuntos en este día en el rito ordinario, la liturgia tradicional no permite el “Réquiem” en el día domingo. Esta diferencia nos hace pensar y reflexionar sobre una acentuación diversa. Para que ambas formas puedan enriquecerse hay que aprender objetivamente las diferencias. Aquí trata del equilibrio en la virtud de la esperanza, entre la desesperación – o sea una estrechez rígida y jansenista – y la “presunción”, una osadía despreocupada.

El día domingo siempre recuerda y festeja la victoria del Señor sobre la muerte, sea con color blanco, el cual expresa la luz y la alegría pascual, sea con el color verde de la vida. En el rito tradicional usamos todavía el “color” negro, mejor dicho, ausencia de color, que confronta con la muerte. La pregunta es, ¿estamos todavía verdaderamente confrontados con la muerte? Leemos en la carta a los Hebreos: “Jesús participó de esa condición (nuestra de carne y sangre), para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al Diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos” (Heb 2,14s). Pero la misma carta nos exhorta con insistencia a participar en esta obra de liberación y salvación, de entrar con la misma obediencia a la consagración (“perfección”) del Señor (5,7-9), de acercarse con fe (4,16; 10,22) y perseverar en la pruebas (12,1-13). Sin duda, la última prueba es la propia muerte, una prueba de rotura, en la cual la separación del cuerpo y alma revela en donde de veras hemos puesto el fundamento de nuestra existencia. La misma carta a los Hebreos amenaza la triste posibilidad de traicionar la fidelidad en Cristo de manera definitiva (6,4-6; 10,29-31) y nos llama no sólo a la confianza (4,16; 10,19), sino también a estar atentos (empezando con la primera exhortación en 2,1-4). Escribe San Pablo a los Corintios: “El último enemigo que será destruido es la muerte” (1Cor 15,26) y advierte a los Cristianos de recibir al Cuerpo del Señor con tal discernimiento, “ a fin de que no seamos condenados con el mundo” (1Cor 11,32).

No habiendo todavía pasado y superado la última prueba de la muerte y así participado definitivamente en la victoria de Cristo, la Iglesia no permitía la liturgia de los difuntos en el día domingo. Aunque las oraciones del los funerales muestran una gran confianza, que los fieles bautizados participarán de la gloria celestial, pero corresponde también al luto de la separación entre los familiares y amigos, y también confronta a todos los participantes con este último enemigo, que nos espera todavía en la hora de la muerte. Aquí sobre todo la Secuencia del Réquiem, el “Dies irae”,  podría dar miedo: “¡Ay, mísero de mi!, que diré entonces? ¿A quién como patrono rogaré, cuando apenas, si está seguro el justo?” Pero, no hay que aislar ciertas frases. Avanzando en la oración – como también en unos Salmos – el orante encuentra mas y mas confianza: “Absolviendo a María (Magdalena) y oyendo al (buen) ladrón que te rogaba, me diste a mí esperanza de indulgencia.” Como en la Biblia, también en los textos tradicionales de la liturgia, “hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe” (Dei Verbum 12). Así evitamos el peligro de una interpretación reducida a una estrechez jansenista. En cambio, la forma ordinaria de la liturgia, proyectada en los años 60 y 70 del siglo pasado, podría librarse a través de la presencia viva de la tradición litúrgica de un contexto de las escuelas teológicas de entonces (Hans Urs von Baltasar y Karl Rahner), los cuales in diferentes maneras, pero con el mismo resultado, enseñan una salvación de todos los hombres, por fuerza convencidos por el amor sobreabundante de Dios, o sea inconscientemente por su existencial sobrenatural.

Contra estas falsificaciones de la fe Cristiana insiste la Congregación para el Culto Divino en la traducción literal del “pro multis” en las palabras sobre el cáliz: „La expresión  `por muchos´, mientras permanece abierta a la inclusión de cada uno de los seres humanos, refleja, además el hecho de que esta salvación no es algo mecánico, sin el deseo o la participación voluntaria de cada uno; por el contrario, el creyente es invitado a aceptar por la fe el don que le es ofrecido y a recibir la vida sobrenatural que es dada a los que participan del misterio, viviéndolo en sus vidas de modo tal que sean parte del número de los “muchos” a los que se refiere el texto.( Carta del Card. Arinze, 17.10.2006; Nr. 3e). La aplicación concreta del justo equilibrio en la virtud de la esperanza permanece siempre la tarea y el reto de la vida espiritual de cada uno de nosotros.

 
escrito por P. Francisco

 

 

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