La Fiesta de Cristo Rey y el último Domingo después de Pentecostés

Publicado el 4 de Diciembre del 2008 en Sermones

La Fiesta de Cristo Rey y el último Domingo después de Pentecostés

 

La diferencia en el calendario entre la forma ordinaria y extraordinaria del rito Romano nos toca especialmente en el festejo de Cristo Rey. No nos gusta de ser extravagantes y apartarnos del resto de la Iglesia Romana, precisamente aquí en Guadalajara, donde esta fiesta tiene una importancia especial con sus mártires heroicos, que murieron fusilados diciendo: Viva Cristo Rey y Santa Maria de Guadalupe.

Sin embargo, el último Domingo después de Pentecostés tiene un papel importante en el sistema del año litúrgico tradicional: El punto de convergencia es el fin de este mundo antes de la segunda venida del Señor con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. Que “su reino no tendrá fin”, la Iglesia peregrinante quiere festejar después – en el mismo cielo. Un “adelanto”, una anticipación, una mirada a la gloria del cielo, teníamos en la fiesta de Todos los Santos, y para el Domingo antes de esta fiesta, el Papa Pío XI puso la fiesta de Cristo Rey. Después sigue la conmemoración de los fieles difuntos en el purgatorio y finalmente la expectación del último juicio.

Por una parte, esta expectación esta llena de un deseo profundo, como expresan las últimas palabras de la Biblia: “El Espíritu y la novia dicen: `¡Ven, Señor Jesús!´” (Apoc 22,17.20). Pero por otra parte, el último domingo del año litúrgico con la presentación del fin de este mundo según San Mateo con su largo texto de 24, 15-35 nos llama fuertemente a la atención. Vendrán unas últimas pruebas, las cuales todavía no hemos superado. Como también la muerte de cada uno nos quita el fundamento para nuestros pies – en cuanto tenemos todavía nuestra posición en el mundo pasadero (cf Mt 24,35). Sólo la tempestad revela, en que fundamento hemos construido nuestra casa (Mt 7,24-27). No obstante la esperanza y la confianza, frutos de una fe viva, la Iglesia nos deja en este último domingo con una cierta preocupación.

Conociendo a los protagonistas de la reforma litúrgica hace 40 años, corresponde a una tendencia de quitar todo lo que podría parecer negativo y remplazar con algo “positivo”. Esta tendencia condujo a una “corrección” del Salterio en la Liturgia de las horas, la cual constituye una rotura con la grande tradición de las oraciones en la Sinagoga, en las Iglesias Orientales y la Iglesia Romana de los siglos pasados (el famoso exegeta de los Salmos, E. Zenger, mostró en su libro “¿Un dios de la venganza?”, que los salmos censurados son destruidos en su estructura y su contenido). Así parecía también mas bonito de tener la fiesta de Cristo Rey como un final glorioso del año litúrgico. El leccionario del año A – el Evangelio según San Mateo - salta del capítulo 23 en el domingo 31 al capítulo 25 en el domingo siguiente. El primer domingo del Adviento del mismos año tiene solo Mt 24, 37-44.

Pero, hay otro aspecto que caracteriza el año litúrgico del rito antiguo. El primer domingo del Adviento tiene casi el mismo evangelio. El fin del mundo según San Lucas tiene solo una “pequeña” diferencia: “Cuando estas cosas comenzaren a suceder cobrad ánimo y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra salvación”. Con el mismo Evangelista el Adviento nos conduce entre el segundo y el tercer domingo de la expectativa de la segunda venida del Señor con gloria a la primera en humildad.

Así, sorprendentemente, el transito del tiempo después de Pentecostés al Adviento es fluido. Aunque estamos acostumbrados de hablar del inicio del año litúrgico, la verdadera cesura en este ciclo constituye el domingo Septuagésima. Aquí tenemos la otra grande diferencia con el calendario del rito ordinario: la anulación del tiempo de la Septuagésima como introducción a la Cuaresma, con el mismo motivo de borrar lo que parece duro o negativo. Pero, de la importancia de la Septuagésima podemos tratar – se Dios lo permite – en el año próximo. Antes hay que prepararse verdaderamente al fin de este mundo. Cada año hay que vivir como fuera el último. Se todavía el Señor tardará y nos permitiera un año nuevo, no es para repetir lo mismo – quedarse en el mismo lugar, en la vida espiritual significa retroceder -, sino para entrar mas profundamente al misterio de nuestra salvación.

 

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