3 Domingo Adv. - Esperanza y Humildad

Publicado el 11 de Diciembre del 2008 en Sermones

 

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Hoy celebramos el tercer domingo de Adviento, el domingo de gozo, como empieza el Introito; un sentimiento y una expresión, que la Iglesia no puede refrenar en este tiempo sobrio de preparación para la venida de Nuestro Señor. El gozo, de hecho, es una consecuencia de la esperanza divina, la virtud teológica que tenemos si estamos en la gracia de Dios, pues está fundada sobre la realidad que Dios mora y obra en nuestra alma. Es Él dentro de nuestra alma el que nos trae a sí mismo por los vivos deseos de verlo, por la añoranza del cielo. Gozamos pues, porque ya tenemos a Dios, ya lo poseemos pero en un espejo oscuro, luego cara a cara. Así es nuestra esperanza infusa y sobrenatural en contraste con un optimismo o esperanza emocional que puede ser irrazonable, fingiendo una realidad que no existe y que termina en tristeza.

La liturgia de hoy, nos hace meditar sobre la virtud de la humildad en relación a la esperanza. La humildad, como la esperanza, es una virtud no bien entendida. Muchos la confunden con una pusilanimidad, un espíritu tímido, o una cobardía. Pero Santa Teresa de Ávila la definió bien. “La humildad es nada más que andar en la verdad.”

Pero la verdad de nuestra condición es doble. Por una parte, somos de nada, y peores que la nada, ya que somos “nadas” rebeldes, hijos de ira, que pecan, y ofenden a la Bondad Infinita y merecemos el infierno por nuestros pecados. No podemos comenzar, hacer, o llevar a cabo nada meritorio sin la gracia de Dios, que es el que obra en nosotros el querer y el acabar, según su beneplácito (Ph 2, 13). Así es nuestro motivo de no esperar y no confiar en nuestros esfuerzos y talentos, porque sin Cristo no podemos hacer nada.

Pero el otro lado es que hemos recibido dones de Dios, quien está con nosotros si estamos en el estado de gracia. Con Cristo todo es posible.Debemos llevar buenos frutos, y los que entierran sus talentos en la tierra y no los multiplican reciben una condenación del Dios celoso, que demanda el usufructo. Así dice San Pablo hoy, “vuestra modestia sea patente a todos los hombres,” y Nuestro Señor en otro lugar, “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”

          Entonces la humildad implica una verdadera magnanimidad también, que quiere hacer obras grandes para la gloria de Dios. La virtud siempre anda por el medio, ya que impone la medida de razón sobre nuestras pasiones, las cuales, por su naturaleza, son más determinadas a una cosa, como vemos en nuestro temperamento. Hay personas vergonzosas, tímidas, y otras muy coléricas y energéticas. Ningúna de los dos tiene virtud, si no callan y se refrenan cuando no pueden y deben de refrenarse, o, si no hablan y se atreven cuando deben y pueden. La virtud es medida por la razón y no por las emociones, mas pone la regla de razón en las emociones y las ennoblece, para que sintamos y queramos lo que es verdaderamente bueno.

Así es la humildad de nuestra esperanza, que se atreve esperar hasta lo más alto del cielo, hasta la visión de Dios mismo, como Dios se conoce a sí mismo. Pero completamente humilde, desconfiándose  de sus propios esfuerzos, porque la virtud de la esperanza es no sólo desear el cielo, sino también el auxilio de Dios. Así podemos entender el desepero durante las noches oscuras en las vidas de los santos, y en nuestra vida en parte. Puede ser que cuando nos sintamos más desesperados, desanimados, y desamparados, entonces es que estemos en el mejor lugar para crecer en la santidad, no esperando en nosotros mismos y confiando más y más en Dios. Así es el gozo de los niños de Dios, que se jactan de su pequeñez y debilidad. Así dijo “la santa más grande de los tiempos modernos” Santa Teresita, como la llamó San Pío X. Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y una entrega absoluta”.

Y lo explica así: “La obra más grande que el Todopoderoso ha realizado en mí es el haberme mostrado mi pequeñez y mi impotenciaYo sé bien que no son mis grandes deseos que complacen a Dios en mi pequeña alma. Lo que le gusta ver es la manera en que amo a mi pequeñez y mi pobreza; es mi esperanza ciega en su misericordia, esto es mi único tesoro.” ¿Y qué es este ser pequeño? Permanecer pequeño es reconocer la nada de uno, esperarlo todo de Dios, como el niño lo espera todo de su padre; no inquietarse por nada, no procurar llegar a ser rico… Ser pequeño significa también no atribuirse a sí mismo las virtudes que se practican, juzgándose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone ese tesoro de virtud en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo necesite… Consiste, en fin, en no desanimarse por las propias faltas, pues los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño.” Los niños del reino de los cielos (y si no somos niños no podemos entrar) ya gozan de su premio, porque tienen una confianza en su buen Padre, del cual no pueden dudar. En contraste, los que dependen de sí mismos tienen mucho de temer, porque no están seguros de que puedan llegar por el camino tan alto y estrecho al cielo. Mejor son los que se permiten ser llevados de la mano de su buen Pastor, de su buen Padre. ¿Y cómo será en el último día, sobre el cual leímos hace unas semanas lo siguiente? Estos son los que van a disfrutar del último día, quienes no van a esconder su cabezas a la llegada del justo juez, ya que ya han obtenido su misericordia, porque se han confesado su pecaminosidad y su miseria.”

María Madre de Gracia, Madre de Misericordia, en la vida y en la muerte ampáranos gran Señora.

 

AMDG

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Escrito por Padre Romo

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