Infra Octava de Navidad

Publicado el 12 de Diciembre del 2008 en General

Las lecturas de hoy, del domingo entre la Octava de la Navidad, parecen fuera de lugar. Acabamos de celebrar el nacimiento gozoso del Señor, y ahora escuchamos de su presentación en el templo, y la profecía de su pasión venidera. ¿Qué quiere decirnos, la Iglesia, anticipando el año litúrgico con una consideración de la fiesta de la purificación, el 2 de febrero. Recordemos que el último en ejecución es el primer en intención. Que es decir, que el fin, o el último acto, revela el propósito original. Y ahora la Iglesia preve el fin de la vida de Jesucristo, para recordarnos del propósito del niño Jesús.

En otras palabras es hacer la pregunta ¿porqué Dios se encarnó? En otro lugar leemos el diálogo entre el Padre y el Hijo, “Por lo cual, entrando en el mundo, dice: sacrificio y presente no quisiste; Mas me apropiaste cuerpo… Entonces dije: Heme aquí… Para que haga, oh Dios, tu voluntad…En la cual voluntad somos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una sola vez. Pues el Hijos de Dios, el Dios Hijo, asumió una naturaleza humana para poder padecer y morir por nuestros pecados.

No nos encontremos como nuestro patrón común, San Pedro, tan enamorado con la sabiduría y el poder de nuestro Señor, que resultó que trató de persuadirle que no sufriera, por causa de lo cual el Señor lo identificó con Satanás que querría parar la redención del mundo, ofreciéndole a nuestro Señor todos los reinos aquí abajo, una vida pacifica, sin hambre, sin carencia de cosas de este mundo.

Tampoco digamos ante el pesebre, “que chulito, el niño Jesusito,” sin reconocer el anhelo de su niño corazón de ser ofrecido en sacrificio. Es Él desde toda la eternidad que escogió el pesebre, en vez de una cama, el frío, en vez de calor, ser rechazado en vez de ser honrado. Su niño corazón es divino, y inflamado para inflamar todos los corazones de este mundo, elevándolos encima de las nadas de este mundo, que la caridad quema. Y este Sagrado Corazón, pudo haber redimido todo el mundo en su primera pulsa, ya que todos los actos de la naturaleza humana del Señor, proceden de una persona divina, y por eso su primera respiración, fue infinito en valor y capaz de quitar todos los pecados del mundo. Pero subió hasta la infamia de la cruz, para mostrar la profundidad de su amor para con nosotros. Este es el misterio de la Navidad, el misterio del Amor Divino. Y “nadie tiene amor mayor que este de dar uno la vida por los amigos.” Y además “Siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.” Así es el amor que la Navidad nos propone, muy lejos de un sentimentalismo. Nuestro amor siempre intenta a Dios. Así es la regla de caridad, que llamamos una virtud teológica, Dios siempre siendo su objeto. Así va la objeción de Santo Tomás, que parece que hay dos virtudes, una para amar a Dios, y otra para amar al hombre. Pero responde que no, porque cuando amamos a nuestro prójimo con caridad, lo amamos por Dios, y para Dios. Si no fuera así podríamos considerar a Cristo como nada más que un ornamento navideño, chulito, y humanista, entre una celebración centrada sobre tiempo libre y regalos para mí de un gordito imaginario, que es más honrado que Dios encarnado.

Así es nuestra tarea. El tiempo de la Navidad, no se ha acabado. Justo empezó. Y la Iglesia quiere que lo meditemos sobre este misterio hasta el día segundo de febrero. Y como una Madre compasiva, ya nos revela el fin, la clave de entenderlo, el misterio del divino amor, que tomó nuestra naturaleza para santificar y sacrificarla. Como dijo San Agustín, “¡ea, pues, hermanos! Dios quiso ser hijo del hombre y que los hombres fueran hijos de Dios. Bajó para que nosotros subiéramos…” Entonces, ¡sursum corda! Levantemos los corazones al Señor, para que, como nos dice el prefacio, mientras contemplamos a Dios visible, seamos cautivados y atraídos al amor de las cosas invisibles.

Escrito por Padre Romo

Deja tu comentario